No hay en mí propósito alguno por ahorrar palabras. Tampoco hay una mudez obligada, hija de una iluminación tan grande como para alinearse en una caterva de sintagmas. Simplemente, no puedo germinar una idea sólida, y ni siquiera la hipótesis de tal labor asoma en mi horizonte.
Hay aturdimientos que nos parecen familiares. Temblores internos que nos incitan a la maroma y la inexorable caída. Pero aunque sea indigerible en algún sentido, el alma se hace fuerte para soportar las caídas, y no así, para tomar impulso y elevarse a dimensiones que, presumimos, sean mejores. Mundos que nuestro magín cosecha, y en los que depositamos esperanzas. Deseos peregrinos de llegar a tierras en las que se alberguen sensaciones menos friables, y en donde exista la posibilidad de encontrar algún solaz que justifique tanta andanza.
Decía, a veces caemos, con total conocimiento de los síntomas. Cierta vacuidad en los libretos; cierto automatismo en las escenas; cierta parálisis y carencia de formas, vaticinan un espacio blanco en nuestra vida. Y nada menos se espera, visto que el estado de cosas jamás renueva su fachada, y las coreografías, se tornan tan predecibles que hasta la más audaz de las danzas se muestra incapaz de inocularnos un vértigo.
Pero no estaría mencionando este tema, de no ser por la potencia con que se esta desarrollando en esta etapa de la vida. Ya no solamente tengo la sensación de estar varado en un mar de plomo, sino que, lo que es peor aun, la sensación de emprender un severo retroceso, gana terreno y me desespera arduamente.
He perdido muchas palabras. Se han ido, y se han llevado algunos sentidos que forjaban sus artificiales estructuras. Las ideas se acalambran en su derrotero, y se apelmazan con otras, que sin rumbo ni molde, se petrifican abrazadas, resignadas y sombrías, ante lo inevitable. Es así, que he perdido conceptos que alguna vez fueron diáfanos; herramientas que iluminaban mi pobre inteligencia, y lubricaban la maquinaria de mi locuacidad. Hoy la herrumbre se devora los sonidos. Tan profunda es la torpeza, que el ánimo amaina tan entristecido, que se entrega adormecido, a un silencio tortuoso. Sin dudas, podría sentirme un poco menos infausto si encontrase la manera de llegar a la conclusión inequívoca de que me encuentro en una confusión. Pero es tal el desbarajuste, tal el desorden y la merma de mis ideas y filosofía, que no encuentro un rótulo adecuado para al menos, poder abarcarlo, y adornarlo con algún juramento.
En dicha calamidad me consumo, sin pretensiones de megalomanía alguna, simplemente, añorando una claridad que otrora, me diera el bálsamo de saber que me hallaba apesadumbrado por no encontrar alguna puerta mejor en mi destino. Hoy ya no recuerdo mis viejas cavilaciones. Aquella lucidez, que era humilde sin mas, hoy es una imagen borrosa; un concepto irreproducible, del cual nada puedo evocar. Mis antiguos interrogantes son una foto, sepia; una sombra que perece ante un nuevo sol de ignorancia.
Sábato decía que de vez en cuando uno volvía a algunos lugares importantes de nuestra vida, para intentar reencontrarse, como quien ha perdido la brújula. Yo me pregunto, ¿cuáles serían esos parajes en mi historia?; ¿en dónde he dejado mi entusiasmo, mi valor y mi cobardía?.
Definitivamente hoy ya no puedo pensarlo. No se tan siquiera, por donde comenzar tal búsqueda. No tengo muy en claro que soy, ni quién he sido. Y mi boca, funérea, cada día llora más fuerte, en su convulsión de olvido.


