domingo, 13 de septiembre de 2009

Albor de una nueva ignorancia



No hay en mí propósito alguno por ahorrar palabras. Tampoco hay una mudez obligada, hija de una iluminación tan grande como para alinearse en una caterva de sintagmas. Simplemente, no puedo germinar una idea sólida, y ni siquiera la hipótesis de tal labor asoma en mi horizonte.

Hay aturdimientos que nos parecen familiares. Temblores internos que nos incitan a la maroma y la inexorable caída. Pero aunque sea indigerible en algún sentido, el alma se hace fuerte para soportar las caídas, y no así, para tomar impulso y elevarse a dimensiones que, presumimos, sean mejores. Mundos que nuestro magín cosecha, y en los que depositamos esperanzas. Deseos peregrinos de llegar a tierras en las que se alberguen sensaciones menos friables, y en donde exista la posibilidad de encontrar algún solaz que justifique tanta andanza.

Decía, a veces caemos, con total conocimiento de los síntomas. Cierta vacuidad en los libretos; cierto automatismo en las escenas; cierta parálisis y carencia de formas, vaticinan un espacio blanco en nuestra vida. Y nada menos se espera, visto que el estado de cosas jamás renueva su fachada, y las coreografías, se tornan tan predecibles que hasta la más audaz de las danzas se muestra incapaz de inocularnos un vértigo.

Pero no estaría mencionando este tema, de no ser por la potencia con que se esta desarrollando en esta etapa de la vida. Ya no solamente tengo la sensación de estar varado en un mar de plomo, sino que, lo que es peor aun, la sensación de emprender un severo retroceso, gana terreno y me desespera arduamente.

He perdido muchas palabras. Se han ido, y se han llevado algunos sentidos que forjaban sus artificiales estructuras. Las ideas se acalambran en su derrotero, y se apelmazan con otras, que sin rumbo ni molde, se petrifican abrazadas, resignadas y sombrías, ante lo inevitable. Es así, que he perdido conceptos que alguna vez fueron diáfanos; herramientas que iluminaban mi pobre inteligencia, y lubricaban la maquinaria de mi locuacidad. Hoy la herrumbre se devora los sonidos. Tan profunda es la torpeza, que el ánimo amaina tan entristecido, que se entrega adormecido, a un silencio tortuoso. Sin dudas, podría sentirme un poco menos infausto si encontrase la manera de llegar a la conclusión inequívoca de que me encuentro en una confusión. Pero es tal el desbarajuste, tal el desorden y la merma de mis ideas y filosofía, que no encuentro un rótulo adecuado para al menos, poder abarcarlo, y adornarlo con algún juramento.

En dicha calamidad me consumo, sin pretensiones de megalomanía alguna, simplemente, añorando una claridad que otrora, me diera el bálsamo de saber que me hallaba apesadumbrado por no encontrar alguna puerta mejor en mi destino. Hoy ya no recuerdo mis viejas cavilaciones. Aquella lucidez, que era humilde sin mas, hoy es una imagen borrosa; un concepto irreproducible, del cual nada puedo evocar. Mis antiguos interrogantes son una foto, sepia; una sombra que perece ante un nuevo sol de ignorancia.

Sábato decía que de vez en cuando uno volvía a algunos lugares importantes de nuestra vida, para intentar reencontrarse, como quien ha perdido la brújula. Yo me pregunto, ¿cuáles serían esos parajes en mi historia?; ¿en dónde he dejado mi entusiasmo, mi valor y mi cobardía?.

Definitivamente hoy ya no puedo pensarlo. No se tan siquiera, por donde comenzar tal búsqueda. No tengo muy en claro que soy, ni quién he sido. Y mi boca, funérea, cada día llora más fuerte, en su convulsión de olvido.

jueves, 26 de marzo de 2009

La sordera del alma

He caminado mil calles que puerilmente, y en un juego que no termino de comprender, he musicalizado en mi mente. He sembrado pasos y pasos por callecitas ignotas, que queriéndolo o no, por pena o voluptuosidad, han despertado en mi la necesidad de evocar una melodía. He sido el director musical de mis paseos, deambulando torpemente por las avenidas mas concurridas. Nunca comprenderé si ello se ha debido a una secuela de mi melomanía, a la enorme cantidad de símbolos que asocio a cada composición, o si simplemente, desespero por una guía musical que me ayude a controlar con su magia, la ferocidad de esa realidad inevitable.
La música siempre ha calmado mis mareas. O las ha agitado, en una saturnal borrascosa, desordenándome, aturdiéndome placenteramente, trastornándome en su limbo, que conjuga el frenesí y la armonía.
He sido un beatle cruzando la 9 de Julio, hipnotizado por sus eternas sendas peatonales. He silbado tangos que parecían compuestos a medida para determinada situación, con gemebundos bandoneones que lloraban en cada esquina rica en pobreza. He visto volar a las palomas de Plaza de Mayo al son de Jacques Brel en una compaginación tan bella, que me ha dejado perplejo y extasiado. Y hasta podría jurar que escuchaba a aquel visceral Spinetta cada vez que leía al viejo Artaud.
Como bien decía Federico, la vida sin la música, no tendría el menor sentido. ¿Y donde esta la música hoy?. ¿Qué mantos se ciernen sobre el alma, que nos provocan tal sordera, aislándonos de esas maravillas que son el pan de nuestra supervivencia?. Es el silencio, con su implacable cortina acaso, el peor castigo al que podemos ser expuestos. Ese silencio, que solo propicia la agudización de nuestro purulento oído, para escuchar tan solo nuestra voz, vacía y llena de tormentos. Solo los truenos de la conciencia retumban en la mente, cuando las ventanas se cierran, y la sordera florece, en la dolorosa aridez de nuestro espíritu.
¿Y ahora donde esta la música?. ¿En qué lugar su placer se ha escondido?. Por mas que intente escuchar sus sones, los sonidos no se aparean, y los temas mueren sin lograr su cometido. Hoy las calles, estallan en monólogos. No hay baldosa que no se lleve un suspiro. Cavilaciones estériles, resentimientos de naftalina y diálogos muertos son la sangre de esta diaria agonía. Imagino que el Dante, al pergeñar su infierno, lo habrá pensado así, silencioso, sumido en una melodía muda que enloquece y lastima.
¿Y ahora donde esta la música?. ¿Qué región del ser se ha desplomado, llevándose con su sombra, el sol de todos los goces, la fruición de su amada compañía?. No siempre la herida demuestra su gravedad, y es el tiempo el que nos revela que aquella pequeña excoriación, vista de cerca, lleva la firma de nuestra ruina.
Hoy las calles, estallan en monólogos. Hoy solo hay vientos, que inflan sus lamentos en sigilosas diatribas. ¿Dónde diablos esta la música?, ¿dónde su hechizo, su amor y mi vida?

viernes, 23 de enero de 2009

Reseña de un día descompuesto, según el hombre de plomo

Repantigado en la catrera, esperando el rocío, oía el sigiloso paso del tren de la noche, con su humareda de sueños perdidos y su enorme furgón de amargura. Cuando la malévola vigilia se torna fastidiosa y revuelve con su cola la marmita de las ideas, el sueño deviene una utopía; una liberación de ignoto paradero; un cielo tan anhelado y tan distante como el verdadero. Y cuanto más se diluyen sus rastros, más fuerte se unce la mente a la fruición de sus propias monstruosidades.
Y el tren proseguía, con su soberbia de hierro, obsequiándome su indiferencia, entre los invisibles gemidos de los durmientes.
Consumidas las horas, la claridad prorrumpió con su sangrar de luz, anunciando la instauración del alba, el derrocamiento de una noche inane, y el soberano fracaso de la tregua que esperaba hallar en sus umbrosas entrañas. No, no logro conciliar, y este es un mal de origen eólico.
Se hace muy frecuente en esta sociedad pletórica de idiotas y dementes, sentir los embates de ese áspero viento que trae la peste. Meteoro que sopla trastornando a los más frágiles, enloqueciendo a las veletas y segando la voz de los gallos. Espacio y tiempo lucen bajo sus reflectores supurantes gangrenas, y ese enclenque norte al que todos se entregan (y al que he sucumbido cuando la necesidad ha lastimado), sin más, se esfuma; como la idea de dios ante el fulgor del espanto.
Y aquel tren de la noche, ya no sabía a delirio, sino a recuerdo de una poética incoherencia.
La mañana despertó mostrándose estéril, como la noche, con un perfume de vacuidad que sabia, yo le inyectaba. Y si bien ya podía considerarse que el mundo comenzaba a rodar, nada conmovía a mis sentidos como para alejarme de mi litera. Y emperifollado por la pesadumbre de quien despierta de pronto convertido en insecto, permanecí allí, inánime, estudiando la fisonomía del cielorraso.
Entiendo en cierto punto, que la vagancia que profeso por momentos, no es algo de lo que pueda jactarme. Pero, ¿cuántas veces puede uno recuperarse para volver a ser estafado por esta realidad abyecta?. Y aunque monte las olas de la contumacia y el optimismo, ¿Cuánto tiempo deberé esperar para que deglutir su mentira y vomitar nuevamente la desazón?.
El día marchaba, y esperando su muerte, oía al viento, que a esa altura, ya nada podía llevarse. Y al igual que un cadáver, en una horizontalidad inmutable, me afianzaba en mi inmovilidad, mi carencia de obligaciones y el abandono. Sabía que naufragaba. Con la amputación de mis tareas y la descomposición de todas las puertas, se me había otorgado un mar de tiempo para retozar mansamente, singlando hacia una desesperación fulminante. Cuando la esfera de las ficciones se resquebraja, la atmósfera vomita su versión más sincera. Y el cuerpo, solo con el cuerpo, por una alquimia desconocida, parece convertirse en plomo.
“Quizás mañana ya no sople el viento, y todo se reestablezca”, pensé, con una sensación que no pude definir. “Otra vez”, me dije, y sentí el eco de mi historia rebotando entre dos espejos enfrentados. Alguna vez fue un deja vu.
El atardecer se desteñía. Todo transcurría extrañamente, sin darme la opción de poder catalogarlo como rápido o lento. No lo sabía. La falta de referencias, ayudaba al tiempo a disolverse en una hiriente ausencia. El crepúsculo, con su magia y su misterio, iba clausurando otro de esos días que jamás sería recordado. Acomodado en la cama, inficionado de impotencia y melancolía, me disponía a recibir a la noche, con ese sueño que nunca llega, con esa dolorosa densidad que parece sonreír, y esos pérfidos aires de anden.
El día se fue, confuso y ligero. Yo estaba al tanto de ello, pero embriagado de inacción y destierro.

sábado, 3 de enero de 2009

Estacion Soledad: refugio del alma cobarde o prisión del desquiciado....

Como soy tan reiterativo como el resto de los humanos, vuelvo a pensar en la soledad cada vez que la siento calar mis huesos y asfixiarme con su marea de nada. Que afección tan particular, que no logro abandonar sin exponerme al castigo de la vida, y con la que pervivo, en un cíclico desmembramiento y recomposición.
En esa ausencia que me propicio, tanto hay de salud como de enfermedad. Pero básicamente, es el estado en que mejor se desenvuelve mi ser. Entre el espanto y la cobardía se mece el animo, en su búsqueda por comprender y penetrar en la realidad. Si algo me proporciona la soledad, es su alma, que me ampara de todo fracaso, de toda inspección; y quizás también, de toda posible defraudación.
En el silencio, no hace falta que hable para que el espacie explote de voces que murmuran cada cual a su turno, alguna sentencia de un pasado ya olvidado; recuerdos vivos tan solo, en esa eterna ebullición que busca en frenético avance, el deterioro de cualquier razonamiento del presente. Esta es una costumbre de mi mente, y si bien la soledad no hace mas que agravar sus llamas, es inútil, y acaso idiota, buscar el berrinche de la muchedumbre nada más que para ocultar su inexorable presencia. Esta contradicción es la base de mi parálisis. No hay en la quietud y el ostracismo un alivio; pero todo intento por apaciguarlo con ruidos y realidades, solo colabora adicionándole mas material para los espacios blancos.
Sé que el ángel que se devoró mis viejas murallas, será el recuerdo que triturará mi mente en las horas muertas que aun quedan por vivir. Sé que su cuerpo devendrá una abstracción sólida, férrea, y el peso de su magnanimidad, destrozara mi cabeza, con esos mil caminos que debí compartir, y que sin embargo, fiel a mi sufrimiento, decidí perder.
Como soy tan reiterativo como cualquier humano, indago mis llagas día y noche, escudriñando el mapa de tantas imposturas, rastreando alguna huella que me indique la dirección en la cual, mueran los enigmas. Mientras tanto, tomando baños de sombra, malgasto mi tiempo como un reo; fatigando las ventanas, elucubrando vidas que jamás tendré y escribiendo sandeces.


"no me he cansado de aquellos que me hacen bien; sino que me he cansado de defraudarlos" GAP

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Afuera

Crujen las ilusiones y se oye el estertor de todas esas pequeñas esperanzas que habían nacido, contra mi voluntad indiferente, en la eterna sombra de mi mente. Nuestra fragilidad se fortalece con la vida y sus constantes fracasos. Nunca es el fin, esta bien; pero cada nuevo comienzo requiere de una fuente de energía que es siempre la misma, y que en tamaño paramo de estímulos, ha dejado hace tiempo de renovarse.
Hay zonas de nuestro ser, que agotadas por tanta embestida, marchitan y mueren. Podría decirse, que se tornan funcionales. Nuestras percepciones, fantasías e ideas, pueden en ocasiones devenir en simples cosas. Herramientas, pasamanos, bastones. Todos útiles, pero formados por nuestro instinto y su resistencia infinita. Necrosis que alimenta la solidez de aquello que tan solo tiene sentido en su perfecto absurdo.
Nuevamente ha pasado la piedra por encima de Sísifo. Hay que pensar que no será sencillo para él volver a empujarla, puesto que primero, debe reponerse de tan conocido accidente. Otra vez.
Podría decirse que el texto no tiene mucho sentido. ¿Qué cosa lo tiene en gran medida?. Lo cierto es que cada tanto tiempo, y por un hado despiadado que me sitúa siempre en el lugar y el momento indicado, vuelvo a quedar marginado del sistema. Eso en realidad, debería alegrarme sin más. Pero desgraciadamente, la lucha por cambiar al mundo se me ha cruzado varias veces por la cabeza, pero de la misma forma que la piedra de Sísifo. Digamos, que a uno lo aplasta casi todo en esta vida. Y va asimilando los hechos, cosificándolos. El flaco, mi viejo y más que muerto amigo, sabía mantener mejor esa frescura romántica. Pero yo no, eso nos diferenciaba. Y así, llega uno a considerar como una desdicha la perdida del empleo.
Y Sísifo, arrasado por la inanimada brutalidad de la piedra que lo ha dejado tendido y algo sepultado, ve cómo la enorme pesadilla lítica, deshace su camino y desciende, arramblando con todos los brotes que habían germinado tras sus gemebundos pasos.
Y se levanta, se frota la cara e inventa unas imprecaciones. Y todos cuanto lo rodean, lo llenan de ánimos insulsos y lugares comunes. “Quien sabe si no es para mejor”, se lleva el premio a la reiteración. Y muchos miran con tristeza el nuevo descenso, para luego de unos minutos, reflexionar sobre algo que se vio en televisión.
Y Sísifo baja. Mira la piedra, ya tan suya, y se ríe de lo patético que es su eterno opus interruptus. Y se va a ver un recital de Spinetta. Y duerme unas horas para recuperar la espalda. Manda un telegrama, y narra su historia hasta aburrirse y reducirla a un concreto “me rajaron”. Se carga de odio y de fastidio, hasta quedar exánime y en ridículo delante de cuanto cristiano se le cruce. Luego se tranquiliza, se desinfla, y algo perece nuevamente en él. Esboza una sonrisa idiota y se posiciona detrás de la piedra.


“Perche la principale angoscia, e quella di essere consapevole”

domingo, 16 de noviembre de 2008

El viajero y sus sombras


Es de noche, y al caminar me concentro imbécilmente en seguir el recorrido de esa sombra bailarina que se aparece una y otra vez delante de mí. Ya desde temprano creí reconocer el ardor de uno de esos días de ansiedad. Ya no tenia dudas, puesto que los pensamientos se agolpaban en mi mente de manera tal que me quitaban el aliento. Levantar la vista y divisar aquello que me rodeaba me ocasionaba una leve nausea, y desviaba mis pupilas hacia el suelo nuevamente, aturdido y sacudiendo la cabeza, en el torpe intento de quitar cualquier vestigio de lo que pudiera haber captado. Ansiedad. Como esa usina frenética se había encendido, no quedaba otro camino que el de reducir los estímulos al mínimo. Por ende, cuando se apersonaba, según la perspectiva y la luz, seguía a mi sombra, deslizándose por las puercas veredas.
Todo tiene un porque, si se tiene la voluntad de escudriñar el archivo de las vivencias recientes. Saboreando aun cierta impostura, experimentaba una concreta insatisfacción, construida a base de errores y torpezas; esas que son tan frecuentes cuando la sencillez se nos antoja una fantasía inalcanzable, detrás de las complejas elucubraciones que inventamos para ejecutar una llana simpleza. Errores. A ellos les he dedicado mis mas industriosos anatemas, y sin embargo, nunca dejo de cometerlos. ¿Necesitare de ellos?. ¿Serán mi infinita excusa?.
Son tan solo unas cuadras desde el trabajo hasta Avenida de Mayo, pero el reencuentro conmigo, ya sin tareas, suele ser un suplicio de generosa intensidad. Y atiborrado de esos pesares que suspenden la jornada laboral, seguía a mi sombra entonces, guiándome autómata.
La ansiedad y los errores, alma de las más largas noches vividas. Espectros preferidos de la interminable tertulia del solitario. En ocasiones, todo se me presenta con enorme claridad, y por una cuestión de armonización enfermiza, le otorgo al caos una dosis de delirio que deja al desastre conceptual en perfecto equilibrio. Por unas horas al menos. Y de la conflagración de monstruos y ruinas, genero mandalas; ideas que jamás me apaciguan, pero que al menos me distraen.
¿Es la ansiedad que tanto odio la que me imbuye del necesario coraje para cometer errores flagrantes, o soy yo quien los cometo, para alimentarla, aguardando que cumpla alguna misión a futuro, sin dudas, de mayor magnitud y superior oscuridad?
En unas horas esa idea habrá perdido su transitoria lógica, pienso, y saludo con euforia la llegada del colectivo.
Son cambios de escena; nimios, tal vez. Pero hay intersticios, lector, que son capaces de trepanarle el cerebro a uno, otorgándole un boleto, para una imprevista excursión por el averno.
“Un peso, por favor".



A Porfiria, de amor infinito...


Y gracias Friedrich por...

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Tour de lo cotidiano: ganado.. vencido..



Fue por Provincias Unidas al 700 que divisé por la ventanilla del 55, en un balcón, a una vaca de plástico. De sincera escala, encajonada en un dos por uno, el falso rumiante despertaba a más de uno de la ensoñación del viaje. Quienes sufren ese mal tan común que es la falta de dinero, se ven obligados a despilfarrar sus horas en algún trabajo, y para aderezar aun más este respetado castigo, tienen casi como paso obligado, el uso del transporte público. Hacinados en una burbuja metálica rebosante de humo y otras mefíticas exhalaciones, el viaje ofrece normalmente, un estado de sopor, que invita inexorablemente al mareo y al delirio fisolófico.
Allí estaba la vaquita, en tan incómoda situación que era casi imposible no sentir el aguijón de su presencia, y despertar con tal acicate, una disertación consigo mismo, alimentada por el capricho de sabe qué asociaciones. Los cierto es que de su imagen hilarante, de apócrifa prisionera, baje la mirada al interior del ómnibus, para encontrar en todos cuantos nos hallábamos allí, algo de ese falso animal. Ya al ingresar el colectivo a la Capital, cruzando ese límite que impone la General Paz (límite que no extingue su significado en lo estrictamente geográfico), se hallaba el vehículo amoblado de tal manera por sus parroquianos, que difícilmente se podía dar un paso, sin aplicar con el zapato un beso de mugre sobre el tobillo del vecino. Allí es donde, recortado el espacio y la libertad de movimientos, el juego de las posturas comienza a hacer de las suyas; y el balance del cuerpo sobre un pie, pasa luego al otro, para finalmente aceptar la ominosa realidad, y entregarse a una rigidez que sabemos, pagaremos durante el resto del día. Todo movimiento queda restringido a una minuciosa operación, visto que el más minino detalle, podría generar una discusión que insuflaría más las arcas del fastidio general.
Y por si esto no fuera poco, el aire, que ya nada tiene del mismo, se enrarece entre las respiraciones, los bostezos, los vahos etílicos, y los mil perfumes que danzando en colosal simbiosis, generan la fragancia perfecta para la arcada y la asfixia. Eso si, las ventanillas con el invierno, afectan una extraña dolencia, que las mantiene cerradas y sumidas en un coma irreversible. Y siempre viene a mi la pregunta: ¿la gente no verá algo de agorero en tal acción?, ¿Qué cruenta penitencia podría pender sobre las cabezas de aquellos que osasen abrir una ventanilla y sacrílegamente, permitir el ingreso de ese vital elemento? . De más esta decir, que muchas veces, esto ocurre simplemente porque las susodichas ventanas, no son tales. ¡Sí, son ornamentales!. No existe, por descabellado que parezca, posibilidad alguna de abrirlas o cerrarlas. Son así, como pergeñadas con el único propósito de aminorar la claustrofobia. Y uno soporta, con el brazo dormido y atenazado a algún pasamanos, ese viaje que de tan insoportable, nos genera la falsa expectativa de tener, en cuanto el móvil suplicio termine, una vivencia menos aciaga de la que estamos experimentando. Tenue y fugaz alegría, que se pare como colofón de esas ignominiosas, pero obligatorias, excursiones triviales ¿Qué seria de nosotros sin ese juego de contrastes que nos regalan falsos alivios?.
Ya había pasado Flores, y volvía en mí. Primera Junta se hacia desear, como si fuera Eldorado. Faltaba poco, pero el ejercito de semáforos de Rivadavia, todavía tenia para todos, una función que representar, de manera insoslayable. Y en medio de esa orgía de arranques, primeras y frenos, las preguntas seguían: ¿Será que todos vamos al mismo lugar?, visto y considerando que uno solo ve que los pasajeros suben y suben. ¿Es que acaso alguno puede haberse olvidado del destino que lo aguardaba, azorado por la condena que el viaje le ha impuesto?. Quién sabe.
Y el destino llegó (el mío y el de todos, ¡válgame!), casi de improviso, y entumecido y amodorrado, sentí, al poner los pies en la tierra, esa pequeñísima alegría que supone la liberación de tal tortura. Igual, mañana será así, otra vez.
La vaca de plástico, fue lo único positivo que me quedo de esa hora y pico de desplazamiento cataléptico. La curiosidad de tal espectáculo, me libero por un momento de algunas cavilaciones, agrias, sin más, y me condujo hacia otras, menos personales y mas superficiales. La vaca de plástico y su imaginaria e imposible desdicha, me dio la posta para encontrarme con la vieja, pero patente desdicha que se mastica todos los días, y que ni los libros, los aparatejos musicales ni los celulares pueden combatir. Ardua labor es para el humano, ser de una condición y vivir de otra, entregado a los vicios que la estupidez y la abulia general imponen como marco inexorable de la realidad.
Había algo de ganado en todos cuantos allí nos encontrábamos. Y cierto tufillo a dignidad de plástico.